ANNA MAGNANI (ROMA, 1908-1973)  es el símbolo de la belleza de la mujer sin artificios, del coraje para luchar la justicia, de la estrella de cine que formaba parte del pueblo.

Anna Magnani rompió todos los cánones estéticos y éticos de la época y aún hoy, seguiría siendo una gran revolucionaria. Su lucha por la igualdad de salarios con sus partenaires hombres la hacen la primera feminista de la historia del cine mundial.

Su pasión por el trabajo, su talento y la necesidad de dinero para pagar la cura de su hijo Luca, motor de su vida, la llevaron a colaborar con los mejores directores europeos de la época, incluso a emprender una aventura hollywoodiense, en cuya primera incursión ganó, contra todo pronóstico, el primer Oscar otorgado a una actriz extranjera, sin prácticamente hablar inglés.

Sus éxitos cinematográficos y sus numerosos premios no le impidieron ser una mujer cercana al pueblo llano, que la saludaba familiarmente por las calles de su Roma natal y la sentían uno de ellos. Siempre se solidarizó con los más débiles y su generosidad con ellos y su arte la convirtieron en el símbolo de la ciudad.

Anna Magnani fue objeto de grandes traiciones, personales y profesionales, pero nunca doblegó su marcado carácter. Defendió sólo los proyectos en los que creía y no se rindió nunca a una industria que, en los 60 y 70, empezó a hacer un cine sin trascendencia social.

Anna nunca ejerció de víctima. Supo defender su dignidad con uñas y dientes y disfrutó de los placeres de la vida. Amante del vino, de los coches caros y de los hombres, exprimía sus días con la avidez y el gran sentido del humor de quien conoce la tristeza y la miseria.